Levanté la vista al cielo, y me pareció un cuenco profundo y vuelto
del revés, de terciopelo azul marino, reluciente todo él de copos de nieve
cristalizados en lugar de estrellas. Quizá serían lágrimas de hielo que yo iba
a llorar en el futuro. Me daban la impresión de estar mirándome desde arriba
con pena, haciéndome sentirme pequeña como una hormiga, abrumada, completamente
insignificante. Era demasiado grande aquel cielo cerrado, demasiado bello, y me
llenaba de una extraña sensación agorera. Pero, a pesar de todo, me daba cuenta
de que, en otras circunstancias, hubiera sido posible que me encontrara a gusto
en un paisaje como aquél.

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